Cuando llegué probé fotografiar nuevamente la Catedral con la esperanza de tener alguna toma más digna. Esta vez salieron un poco mejor. Es maravillosa.
En el Zócalo había menos gente. Era más temprano y habían pasado las fiestas. De todos modos, siempre es un avispero.
Lástima los "adornos navideños".
Un cartel en una de las calles laterales, la Calle de la Piedad.
Después me fui al Templo Mayor. Las ruinas están detrás de la Catedral.
En 1978, trabajadores de una empresa de electricidad dieron con un disco de piedra de 8 toneladas en el que estaba representada la diosa azteca Coyolxauhqui. Entonces se decidió excavar en el lugar y se descubrieron los restos del Templo Mayor.
Se supone que el templo estaba en el lugar exacto donde los aztecas vieron al águila comiéndose a la serpiente. Según sus creencias, el centro del universo.
Después de la caída de Tenochtitlán en 1521, el Templo Mayor fue destruido. Sobre sus ruinas, dos conquistadores, los hermanos Ávila, hicieron sus casas. En 1566, los Ávila fueron apresados y decapitados por conspirar contra la Corona. Sus casas fueron demolidas y, como establecía la sentencia, sobre el terreno se sembró sal.
Lo más lindo del sitio es el museo. Está perfectamente organizado en ocho salas. Y en él se puede ver lo mejor de los aztecas: esculturas, bajorrelieves, figuras de piedra, objetos de uso cotidiano, herramientas para labrar, ornamentos, etc.
El Palacio Nacional
Del Templo Mayor me fui al Palacio Nacional.
La visita está muy bien organizada. Te dan un panorama general de la historia de México desde la independencia.
Aquí se ven bien la campana de Hidalgo y el balcón desde el que el presidente grita ¡Viva México!
Las galerías del primer piso están decoradas con frescos de Rivera.
Este es el gran patio interior. Alrededor de él se disponen las galerías. Son tres pisos.
Mercado de San Juan, Alameda y Paseo de la Reforma
Del Palacio me fui caminando hasta el mercado de San Juan. La verdad es que fue una desilusión. Es mucho más interesante el de Xochimilco.
En el camino pasé por el barrio chino. En realidad, el barrio es solo una cuadra con cuatro o cinco restaurantes chinos. Nada más.
Del mercado enfilé hacia la Alameda. El paseo fue creado a fines del siglo XVI por el virrey Luis de Velasco. En el siglo XIX era el paseo obligado de las familias de la oligarquía. Como nuestro Palermo.
La verdad es que la Alameda no es muy linda. Está llena de chiringuitos que venden comida y porquerías.
En uno de los extremos de la Alameda está el Palacio de Bellas Artes, construido con mármol blanco. En la otra punta está el Museo Mural Diego Rivera. En él se expone uno de sus murales famosos: Sueño de una tarde dominical en la alameda.
El tránsito en la ciudad es tremendo. En horas pico, un viaje de 20 cuadras puede durar dos horas o más. Sin embargo, si uno lo compara con Buenos Aires, es mucho más soportable.
Una de las maldiciones de Buenos Aires son los colectivos: el tamaño que tienen, el ruido que hacen, el humo que largan, los choferes que los manejan, los bocinazos. Otra son las motos y los motoqueros: ruido espantoso y provocadores de accidentes de tránsito. Otra, la violencia de la gente. También está eso tan tan argentino de "los demás me importan un pomo".
En México no hay nada de eso. El transporte público es el metro (una buena red) y unos buses muy chiquitos, como combis grandes, los camiones. Casi no hay motos. Casi no se toca bocina. Cuando hay un atasco, se espera a que se alivie.
Y no hay perros ni paseadores de perros. Una gloria.
En un sector de Reforma, las calles tienen nombres de ríos: Sena, Tíber, Danubio y...
Qué lástima que no estaban el Paraná y el Paraguay.
¡Qué lindas!
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