Se sumaron al grupo dos chicas argentinas. Bastante bien, simpáticas y curiosas.
Anduvimos unas dos horas por la Carretera Fronteriza, que corre paralela a la frontera con Guatemala. Por esta zona entran muchos guatemaltecos indocumentados. Fue una región donde se dieron fuertes enfrentamientos entre los zapatistas y el Ejército.
Desde la ruta se ven las casas de la gente de la zona, que es muy pobre, claro. Casi toda población indígena habla una lengua maya. Algunos también español.
Bajamos a orillas del río Usumacinta, uno de los más caudalosos de México. Ahí nos subimos a un bote grande con motor y partimos a Yaxchilán.
El Usumacinta es un maravilloso río con agua marrón, con la selva a los lados.
Cómo me gustan los ríos como este, con el agua espesa, que casi no se mueve.
Me hizo acordar al Huallaga, en Tarapoto, Perú.
Anduvimos en la lancha una hora, hasta Yaxchilán.
Yaxchilán alcanzó su esplendor entre los años 680 y 800, bajo los reinados de Balam II, Pájaro Jaguar IV e Itzamnaaj Balam II. En el 810 la ciudad fue abandonada.
Es un lugar absolutamente increíble.
Este es el camino de entrada.
Está mucho más metido en la selva que Palenque.
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Estos edificios están apenas entrando en la ciudad.
Estos, en la Gran Plaza.
Aquí decidí deshacerme del guía. Abandoné el recorrido previsto y me desvié por una subida que decía: A la Pequeña Acrópolis.
Este es el camino. Alucinante. Selva pura.
Un calor insoportable. En realidad, más que calor es esa sensación de que el aire pesa toneladas. Transpirás y transpirás. Me encanta. No hay paisaje como la selva.
Mientras caminaba se escuchaban rugidos muy fuertes. Pero me pareció que ahí no habría ningún felino. En todos los sitios que visité hay unos tipos que venden unos silbatos que imitan el rugido del jaguar. Pensé que serían los pinches pitos de vuelta. Resultó ser el grito de los monos aulladores (saraguates). Después vi un par en un árbol. Horribles, como todos los monos.
Además, al haberme desviado del recorrido pude subir solo. No había nadie. Eso permite escuchar los ruidos de la selva (de los bichos).
Llegué arriba (hay que subir unos 500 metros; no caminar 500 metros, subir 500 metros) empapado. Pero valió la pena porque me encontré con esto.
Esto es algo sobre lo que la guía Michelin diría: Vale el viaje.
No hubo más remedio que irse. Pero, bueno, era para visitar Bonampak, algo que quería ver sí o sí en este viaje. Las pinturas de Bonampak.
De nuevo a la ruta por la selva, más o menos una hora y media.
Este es el camino de entrada al sitio.
Bonampak recién fue conocida en 1946. Hay muchas historias sobre quién la encontró. Pero parece ser que Charles Frey, un norteamericano objetor de conciencia de la Segunda Guerra Mundial, y John Bourne fueron los primeros en visitarla. Los llevó un indio lacandón.
Bonampak fue contemporánea de Yaxchilán.
El sitio no es muy grande.
Estas fotos dan una idea de cómo, con el tiempo, la selva se fue comiendo todo.
Los famosos murales están adentro de este pequeño edificio.
Aquí están, Las fotos son espantosas porque está oscuro y no dejan usar flash. Además, había que sacar de costado porque solo podés asomarte. Pero quería tener un recuerdo de que estuve ahí y pude verlas. Son de una belleza extraordinaria.
Este muchacho, mezcla de Argentino Luna y Demis Roussos, es uno de los guás del lugar. Se llama Elías.
Terminanos en Bonampak a eso de las 5. De ahí volvimos a Palenque. A las 8 tomamos el bus de vuelta a San Cristóbal. Llegamos a las 3 de la mañana. La distancia no es larga, unos 200 kilómetros, pero llovía y era de noche. Y las rutas, en general, no están iluminadas. Así que el viaje se hizo lento.
Tuvimos suerte: en Ocosingo, un pueblo en el camino, nos enteramos de que habían asaltado al micro que iba adelante de nosotros. A partir de ahí, un policía vino con nosotros y una patrulla nos siguió atrás.
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