Taxco está a unos 150 km al sudoeste del Distrito Federal, en el estado de Guerrero. Desde la capital se llega por una ruta que pasa por Cuernavaca.
Originalmente, la zona estuvo habitada por los tahuiclas. Hacia 1440 fue invadida por los aztecas, que la convirtieron en una de las siete provincias tributarias del imperio y la mantuvieron bajo su dominio hasta la llegada de los españoles. A los aztecas también les debemos el nombre actual de la ciudad: Tlachco, que en náhuatl significa"lugar del juego de pelota".
La ciudad se recuesta sobre las laderas de los cerros de la zona, a una altura de 1900 metros.
Aquí se ve, desde atrás y abajo, el Templo de Santa Prisca. La cúpula es hermosísima.Taxco es un caso raro de preservación. A diferencia de otras ciudades mexicanas coloniales, aquí no hay suburbios industriales, lo que la convierte en una especie de pequeño museo entre los cerros.
Como ocurrió en otras zonas de América, fabulosas historias sobre ricos yacimientos minerales llegaron a oídos de los españoles. Los primeros llegaron en 1528, en búsqueda del estaño que necesitaban para su artillería. Lo encontraron en un rico yacimiento que llamaron "El socavón del rey", la primera explotación minera española en América del Norte. En 1529, ya había una pequeña población en la que vivían mineros, mercaderes, funcionarios coloniales, algunos franciscanos del convento de Cuernavaca y, por supuesto, indios que trabajaban en las minas. Al poco tiempo de haberse establecido hallaron enormes depósitos de plata.
El Templo de Santa Prisca, en uno de los lados del zócalo, es el ícono de Taxco.
La construcción de la iglesia comenzó en 1751 por iniciativa del acaudalado minero José de la Borda y terminó siete años más tarde, en 1758. Para hacer frente a los gastos, Borda debió hipotecar parte de sus bienes y algunas de sus tierras.
El edificio combina el barroco novohispano del siglo XVIII con algunos elementos del clasicisimo (en las pilastras, por ejemplo).
Las torres se ven desde cualquier punto de la ciudad.
Están profusamente adornadas con escudos, medallones, íconos de santas. De estas solo es posible reconocer a Santa Lucía, Santa Úrsula y Santa Bárbara. Entre las no identificadas se destaca la figura de una santa decapitada.
Entre los relieves sobresalen los de ocho apóstoles, cuatro en cada torre.
La portada principal de la iglesia está orientada hacia el oeste. Combina pilastras clásicas y columnas salomónicas.
En el centro y arriba se distingue un relieve del bautismo de Cristo. A los lados se encuentran Santa Prisca y San Sebastián, mártires que evocan el sacrificio de Cristo por la humanidad.
En el interior, vale la pena sentarse un rato a mirar cada uno de los altares, uno más lindo que el otro.
El retablo de San Isidro Labrador.
El ábside.
El órgano.
Como en todo México, el mercado es de lo más lindo de la ciudad. Una fiesta de colores.
En este blog habrá mucha poesía. De la que me gusta.
Las almas de los viejos
En sus viejos cuerpos ya gastados
moran las almas de los viejos.
Cuánta lástima inspiran
y qué monótona la vida miserable que arrastran.
Mas cómo tiemblan ante la idea de perderla y cómo idolatran
a esas contradictorias y confusas
almas, que se sostienen -tragicómicas-
bajo su vieja y gastada piel.
Konstantin Kavafis (1894).
También balcones y flores.
Y puertas como estas.
Para recorrer la ciudad hay que subir y bajar, subir y bajar.
La ciudad
Dices "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos solo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques -no la hay-,
ni caminos, ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
Konstantin Kavafis (1911).
Carteles.
(El 11 de septiembre de 1810 comenzó la revolución de independencia de México.)
Cuando pasé por aquí se me cayeron un par de lágrimas.
Almuerzo al sol en una hermosa terraza y los infaltables mariachis.




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