Llegué allí después de unas 6 horas en bus desde el Distrito Federal. En la terminal tomé un taxi que me dejó en el centro histórico.
Cuando paró, el taxista señaló un callejón y me dijo: "Su hotel está por ahí, a unos 50 metros". Pues no, el hotel no estaba. Intenté buscarlo en el plano. Pero fue inútil: los más de 3.600 de callejones que la atraviesan convierten la ciudad en una especie de laberinto en el que resulta casi imposible orientarse. La planta cuadricular no llegó por acá. Caminé unas cuadras, pero no hubo caso. Pregunté en un kiosko de información turística. No conocían el hotel. Finalmente logré dar con un taxista que parecía tener alguna idea sobre él. Estaba lejísimos de allí, arriba de todo, a unos 20 minutos de donde me había dejado el otro.
Así se veía la ciudad desde la terraza de mi hotel, la Casa Zuniga.
El hotel, muy simpático, es de un gringo, una especie de hippie viejo que te recibe muy cordialmente parloteando algo parecido al español. Como era temporada baja, me acomodó en una especie de suite, enorme. Además, me dio un plano de la ciudad, un libro precioso sobre ella y una cuponera para usar el funicular.
Lo mejor del lugar, como pueden apreciar, las vistas.
Para bajar y subir del hotel al centro histórico usaba este funicular (como en Lisboa y Valparaíso).
Como tantas otras, Guanajuato debe su origen a la existencia de ricas minas de plata y oro. Los españoles la fundaron en 1548 y la bautizaron como la Muy Noble y Leal Ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato.
El yacimiento mineral más importante, La Valenciana, se encuentra en una de las colinas que rodean la ciudad, a unos 5 km al norte del centro.
Allí se levanta una de las iglesias más hermosas que vi en mi vida: el Templo de San Cayetano. Qué difícil fotografiarlo.
Construido entre 1775 y 1778, el templo es uno de los más bellos ejemplos del churrigueresco mexicano. Sus paredes fueron levantadas con piedra rosa.
El interior quita el aliento. Literalmente.
Llegué a Guanajuato un domingo. La ciudad estaba llena de gente. La mayoría eran jóvenes estudiantes secundarios. Las chicas llevaban sus cabezas adornadas con guirnaldas. Era como una gran fiesta, todo alegría.
Así son los callejones.
No volveremos a vagar
Así es, no volveremos a vagar
tan tarde en la noche,
aunque el corazón siga amando
y la luna conserve el mismo brillo.
Pues así como la espada gasta su vaina,
y el alma consume el pecho,
el corazón debe detenerse a respirar
y el amor debe descasar.
Aunque la noche fue hecha para amar,
y los días vuelven demasiado pronto,
aun así no volveremos a vagar
a la luz de la luna.
Byron
Entre las actividades más divertidas de Guanajuato se encuentran las callejoneadas. En ellas, la gente recorre los callejones y las plazuelas de la ciudad bailando y cantando al compás de la música que tocan bandas de estudiantes universitarios.
El de abajo es el famoso "callejón del beso". Cuenta la leyenda que en el edificio naranja (el de la derecha) vivía una acaudalada familia. Una de las hijas se enamoró de un minero. Naturalmente, el romance no fue bien visto por los padres de la niña, que le prohibieron ver a su enamorado. Pero el muchacho se las arregló para alquilar una habitación en la casa de enfrente (la de la izquierda). Durante un tiempo, los dos aprovecharon la cercanía entre los dos balcones para besarse a escondidas. Como era de esperar fueron descubiertos y acabaron sus vidas trágicamente.
Los chicos y las chicas hacen la cola para sacarse una foto con sus novias y sus novios en los famosos balcones.
Como en otras tantas ciudades mexicanas, en Guanajuato hay una cantidad de pequeñas plazas o "jardines". Casi todos están rodeados por bares y restaurantes lindísimos. A menudo, también es posible escuchar bandas tocando en vivo.
Aquí, el más importante, el Jardín de la Unión.
Enfrente está el Teatro Juárez. De estilo neoclásico, fue construido entre 1872 y 1903. Es el tipo de edificio característico del Porfiriato. A sus pies, muchos artistas venden sus obras.
El Jardín Reforma es bello, bello.
Siempre una buganvilia para deleitarse.
La Plazuela del Baratillo.
La Plaza de la Paz
En uno de sus lados, la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato.
Colores, colores y más colores.
Cuanto puedas
Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
en contacto excesivo con el mundo,
con una excesiva frivolidad.
No la envilezcas
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de la estupidez cotidiana,
y al cabo te resulte un huésped inoportuno.
Konstantin Kavafis (1913).
El Templo de San Roque, barroco sobrio.
En la plaza que está enfrente, cada año se realiza el Festival Cervantino.
El Templo de San Diego. Más Barroco.
El Templo de San Francisco.
No podían faltar los jesuitas. Aquí, el Templo de la Compañía.
La Alhóndiga de Granaditas.
Este imponente edificio se construyó a fines del siglo XVIII para almacenar granos. Por eso se lo llamaba "El Palacio del maíz". Fue uno de los primeros escenarios de la lucha por la independencia mexicana. Cuando las tropas insurgentes se acercaron a la ciudad, algunas familias y soldados españoles se refugiaron en este palacio. Luego de unos pocos días, los revolucionarios ocuparon el edificio y masacraron a todos los que allí estaban. Hoy, la Alhóndiga funciona como museo regional.
Además de callejones, en Guanajuato hay túneles que permiten una circulación más rápida, por debajo de la ciudad.
Anochece en Guanajuato. Así se veía desde la terraza de mi hotel.





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